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Salgo del supermercado deprisa. La angustia me supera. Llamo urgentemente a mi madre:
- Mamá!! Ya lo he hecho! Lo he conseguido!! - El qué? Coserte un botón? - Bonito!! - Qué has conseguido coser un botón bonito? - Nooooo!! No me entiendes!! Que he comprado bonito!! - Y donde está el gran triunfo? - Oye, madre, menos coñas, que he entrado en la pescadería incluso y hasta incluso he mantenido conversaciones con el resto lugareñas compradoras de pescado.. Pero bueno, oye, el problema es que no sé que hacer con él ahora. - Pues lo tendrás que cocinar. En la entrada del comedor como adorno no debe quedar muy bien... - ¿Cocinar? - Hija, me preocupas ¿Qué sueles hacer tú con la comida entonces?
Pensé en contestar, pero no creo que mi madre esté preparada para escuchar la respuesta...
- Bueno, ¿me explicas o no?
Y mi madre me transmite paso a paso el procedimiento de cocinar bonito con tomate.
Cuando llego a casa, me pongo manos a la obra. Y tras luchar a brazo partido con mi gata para que no se coma el pescado antes que yo, llorar a lágrima viva cortando la cebolla, escuchar a Calamaro explicarme que comiendo chicle mientras cortas cebolla no lloras y que el lloro está provocado por el ácido sulfúrico que desprende la cebolla como defensa natural y yo contestarle que vaya birria de defensa porque las cortamos igualmente y que sería más útil una minibomba casera manual, sofreir la polémica cebolla, quemarme preparando la salsa de tomate, y freir el bonito junto con la salsa de pescado, consigo preparar un estupendo bonito con tomate.
Qué orgullosa estoy!! Lo miro y remiro con adoración, lo coloco amorosamente encima del plato. Calamaro gruñe de celos. Le digo que no sea tonto, pero sigo mirando con amor al bonito. Decido que es perfecto para llevármelo para comer en la oficina al día siguiente. Lo meto en un tupper, y el tupper en una bolsa (a juego, por supuesto).
Lástima que al día siguiente me dejara la bolsa con el tupper en el tren.. Jo.
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